Hamblecheyapi

con

Auroom


Descripción:

4 días sin comer ni beber en la montaña

“En búsqueda de la visión”

En el idioma de los indios Lakotas (conocidos entre nosotros como Sioux), Hanblecheyapi significa “llorar por una visión sobre una montaña aislada”.
Básicamente, la imploración de la visión consiste en alejarse de los lugares habitados y buscar zonas apartadas donde puedas permanecer, en soledad, varios días, en conexión con el ser que eres y con las energías elementales y seres energéticos del lugar donde te encuentras.
En esta situación, suelen producirse fenómenos visionarios, que están relacionados con la vida futura del individuo y que, en muchas ocasiones, parecen cumplirse;
además del contacto con realidades de otras dimensiones, con animales de poder y con el propio proceso energético que se realiza en el cuerpo ante la no ingestión de sólidos y líquidos.

En éste camino puedes acceder a la comprensión de la desencarnación sin sufrimiento y enfermedad, simplemente por entrega energética, como la realizaban los chamanes en el momento que ellos elegían para desencarnar.
….. Una vez han encontrada una montaña apartada y solitaria, la escalaremos hasta la cima.
Y una vez encontrado tu lugar, trazaremos un círculo, en cuyo perímetro se realizará la adecuada protección energética, que nos mantenga seguros y en armonía con el lugar que amorosamente la madre Gaia nos ha permitido ocupar.
La persona que se encuentra en su búsqueda visionaria, dedica la mayor parte del tiempo a la meditación, a la contemplación y al sentir interior.
En el crepúsculo, se realiza la meditación diaria a la puesta de sol, en cuyo momento se puede conectar con las Ciudades Etéricas Solares.
Cuando se ha hecho la oscuridad en la montaña, te entregas al mundo de los sueños, que nos adentrará en la liberación emocional ,que se va produciendo con la energía disponible, que produce la no ingestión, la no digestión, el no tránsito intestinal, la no defecación, la no micción.
Y así comienza un nuevo amanecer, con el cuerpo más ligero, con el espíritu mas dispuesto y con tu capacidad de conexión preparada y ampliada ,para el mundo de lo invisible, que existe en la madre Gaia y que no percibimos

El resultado después de estos 4 días es una plenitud energética como la mente no recuerda.


Materiales a llevar:

-Aislante
-Saco de dormir para temperatura confort de 0ºC
-1 litro de agua para la subida.
-1 y 1/2 litro de bebida isotónica para la bajada.
-Ropa térmica para la noche.
-2 barrita energética y tres plátanos verdes (estarán maduros el cuarto día) para el final .
- Si se previeran lluvias, ropa de lluvia y una funda de vivac
-Una gorra para el sol
-Crema protectora e hidratante
-Papel higiénico o toallitas higiénicas y una bolsa de plástico para recogerlas
-Necesitas la semana anterior hacer una dieta vegetariana y suprimir las cenas.

Fechas y Horarios:

Del 30 de agosto al 2 de septiembre de 2018


Lugar:

Sierra de Guadarrama (Madrid)


La experiencia de Isabel


MI EXPERIENCIA DEL HAMBLECHEYAPI

La primera vez que oí hablar del Hamblecheyapi, pensé: esto no es para mí. Sin comer creo que puedo aguantar 4 días, o incluso alguno más, pero sin beber no. Es algo impensable para mí. Aunque no dejaban de darme cierta envidia personas, algunas incluso amigas, que ya habían vivido esta experiencia y para las que el hecho de no beber, no fue un problema insalvable.
Muy lejos estaba entonces de imaginar que el verano siguiente, llevada por un fuerte impulso interior y con una certeza absoluta, sería yo quién viviera esa experiencia.
El momento personal en el que estaba era de grandes cambios, y sobre todo de cerrar muchos capítulos de mi vida. Todo ello simbolizado en un cambio de casa hacia poco más de un mes.
Los días previos (unos 8 o 10) empecé a tener unos sueños repetitivos un tanto angustiosos. Claramente percibí que me estaban preparando para esta experiencia.
Y llegó el día señalado de la partida. Quedamos a las 7 de la mañana del jueves. Fuimos en coche y emprendimos el último tramo de subida (una hora aproximadamente) con nuestras mochilas. Disfrutando del último litro de agua que beberíamos hasta el domingo a las 19 de la tarde, según estaba previsto.
Una vez alcanzada la cima, el guía nos fue colocando a cada uno, a unos 20-30 metros de distancia del resto. Se trataba de que estuviéramos lo suficientemente alejados para que no nos viéramos en estos 4 días.
El emplazamiento donde pasaría los 4 días, tenía como dos espacios. Por un lado, en la parte de abajo, se encontraba un árbol (creo que un pino) de una superficie de unos 5 metros cuadrados. Lo usaba para dormir.
En la parte de arriba, se encontraban unas rocas que me ofrecían una vista maravillosa. Allí solía estar la mayor parte del día en meditación y silencio.
Las primeras horas, una vez que me quedé sola en el sitio que me habían asignado, estuvieron marcadas por una sensación de libertad como no recordaba haberla experimentado. De pronto, desde arriba, desde la montaña, veía las cosas con una claridad de la que no era capaz en mi vida ordinaria.
Así que se me ocurrió hacer un fuego (imaginario claro) e ir arrojando situaciones, actitudes, personas o cosas que me estorbaban en mi vida actual. Desde arriba veía tantas cosas que me sobraban….vanidad de vanidades, me decía. Tenía necesidad de aligerar mi vida de tanto cúmulo de cosas que estaba llena. Me sentía bien. Iba soltando muchas cosas casi sin esfuerzo, como si hubieran estado inservibles desde hacía tiempo y solo estuvieran esperando este momento para cumplir este rito y consumarlas allí, el lugar al que había sido llevada todavía no sabía muy bien para qué.
Seguí así no sé muy bien hasta cuando. Creo que empecé a perder el sentido del tiempo. No llevaba reloj. Me resistía a mirar la hora en el único sitio donde podía hacerlo, en el móvil, con lo cual lo apagué, y me dejé conducir por mi gran guía, que seguía inmóvil y radiante cada paso que daba: el sol. El sol se convirtió en mi guía, mi cómplice, mi luz. Me enamoré de él. Era como si ahora por primera vez lo viera en todo su esplendor, lleno de luz, majestuoso, radiante. El sol es la luz, es Dios Padre, es la vida, la creación. El sol es total.
No sé muy bien cuando empezó un dolor en el abdomen. No demasiado agudo, pero si persistente, incómodo, molesto. Al principio no le hice demasiado caso. Al darme cuenta que persistía no tuve más remedio que empezar a escucharlo. En la montaña no se tienen los recursos de los que se disponen en la vida ordinaria. En ésta existen muchos estímulos para llenar tu mente cuando no quieres escuchar tu interior (y aquí hay gustos para todos, desde ver películas, Internet, Facebook, pastillas para quitar el dolor, teléfono….).
Así que ahí estaba yo, sola, con un dolor persistente y molesto y sin forma de escapar. Empecé a afinar bien el oído para ver que me estaba queriendo decir este dolor. Con la molestia empezaron a llegar las naúseas y los vómitos. Como llevaba sin comer un día y unas horas (desde la comida del día anterior), pensé que no podría vomitar nada. Me equivoqué, empezaron a salir líquidos de diversos colores, para terminar en algo parecido a bilis.
Y empecé a sentir. Poco a poco fui recibiendo información, como ráfagas de luz que van y vienen pero con un hilo y nexo común.
Comencé a entender muchas cosas a medida que la información iba llegando con más claridad. Lo primero que entendí fue que, horas antes, me había desecho de lo que me sobraba, pero no contaba, que había otras mucho más adentro que se resistían a salir de mí.
La tarde noche del viernes llegó Auroom y le compartí mi experiencia. Me escuchó hasta el final y me dijo que tenía que llegar hasta el límite de ese dolor y aprender la lección que de él se desprendía. Para ello tenía que seguir escuchando mi cuerpo y, por supuesto, seguir sin beber ningún líquido. Esto lo digo porque le había pedido, más bien suplicado, que me diera algo de beber. Me moría de sed.
La noche del viernes, ya acostada, resultó más o menos como la anterior. Períodos de sueño alternados con vigilia y con arcadas esporádicas, que a veces terminaban en vómitos.
El sábado de madrugada, empezó a llover una lluvia fina. Enseguida me desperté y recogí el saco de dormir y la esterilla. Tapé todo con una gran bolsa de plástico. Acurrucada debajo de un árbol, abría la boca para lograr que entrara un poco de agua en ella y así refrescarme. Fue en vano. Al cabo de un tiempo, que no se precisar muy bien, las nubes desaparecieron y dieron paso a un cielo nítido presidido por el gran astro sol.
El resto de la mañana, no recuerdo muy bien, pero supongo que la pasaría entre largas meditaciones y momentos más o menos largos de dolor en esa parte del cuerpo y alguna que otra arcada e incluso vómito.
Sobre primera hora de la tarde, decidí descansar y dormir un poco.
Me acomodé en el saco de dormir dispuesta a ello. No bien había comenzado, empecé a sentir otra vez el dolor en la parte izquierda del abdomen.
El dolor se iba haciendo más intenso. Como en otras ocasiones, hasta que provocaba el vómito, pero he aquí, que en esta ocasión, el dolor sólo producía arcadas pero no vómitos. Me levanté sin saber muy bien qué hacer. Cada vez más molesta y más desconcertada por este dolor.
Hasta que llegado a un punto de dolor, ya no aguanté más. Me separé unos 20 metros del lugar donde estaba, y en esos momentos pensé en lo que me dijo Auroom: deja que el dolor te lleve hasta el límite. Sí, ahora veía que estaba llegando al límite de ese dolor.
Me puse de rodillas y me vino a la mente la oración de Carlos de Foucauld, “Padre me pongo en tus manos”. Es una oración que leí un día y aprendí sin mucha dificultad. La recé sintiendo cada palabra y en estrecha comunión con su sentido último. No sé si antes o después de ello, sentí la experiencia de la agonía en mi cuerpo y sobre todo en mi alma. Sentí profunda compasión por los enfermos que han pasado por esa experiencia.
Me dí cuenta que yo también podía haber pasado por la experiencia de la agonía. Y experimenté cómo las emociones pueden apoderarse de un órgano del cuerpo. Son capaces de crecer si las dejas que dominen tu vida, o al menos una faceta de ella y desarrollarse pasando de un órgano a otro, y al final invadiendo todo tu cuerpo.
En mi caso, ví que ese dolor, fruto de emociones no resueltas, me venía a través de mi linaje.
Todo esto vino como una luz, e inmediatamente después de ello, vomité todo lo que quedaba aún guardado en esa parte de mi cuerpo, líquidos de todos los colores. Hasta yo misma me maravillaba de que eso todavía estuviera en mi cuerpo pero ya, ¡que más daba!
Cuando terminé de eliminar los últimos residuos, apareció otra luz. Esta vez con un mensaje en forma de frase que llevo grabada en el fondo de mi alma.
Y entonces mi cuerpo quedó ligero, y mi alma y corazón llenos de alegría.
El resto de la tarde, fue un júbilo de acción de gracias por todo lo vivido y aprendido.
Por la noche, con la visita de Auroom y el compartir de todo lo vivido, se me ofreció un poquito de agua para reponer fuerzas. Le dí las gracias por todo el apoyo recibido y sobre todo por haberme facilitado llegar hasta “el límite” de esta experiencia, para que se produjera la sanación y el aprendizaje que lleva consigo. Por cierto también aprendí que no hay sanación posible sin lección aprendida y cambios de comportamiento.
Esa noche dormí como un niño en total descanso de cuerpo y alma.
El domingo ya tocaba regresar a nuestra vida habitual. Aunque no recuerdo detalles de la mañana, pero supongo que transcurriría entre descansos, meditaciones, y algún paseo por los alrededores.
Por la tarde, sobre las 19:00 tocaba reunirse con el grupo, iniciar el rito de beber la bebida isotónica que traíamos para la bajada, y compartir con el resto del grupo la experiencia vivida estos cuatro días.
Finalmente iniciamos el camino de bajada. Parece mentira, pero a medida que bajaba por el monte aumentaba la energía en mi cuerpo. Cuando llegué hasta el coche, no recuerdo haber tenido más energía en mi vida.
Cuando estuve en a casa, intenté comer algo. Sóolo conseguí tragar media manzana, no había forma. No tenía nada de hambre.
Al día siguiente, no fue muy distinto, solo llegué a comer algo de puré y alguna fruta y por supuesto beber mucho líquido.
En el transcurrir de los siguientes días, el cuerpo poco a poco se fue habituando a la experiencia vivida. Recuperé el ritmo habitual. Eso sí, con cambios profundos tanto en lo físico como en mi interior que se han ido reflejando en muchos hábitos de mi vida (comida, bebida, sueño, etc.), como en otros comportamientos externos fruto del cambio experimentado en esta inolvidable experiencia.
Isabel J.